
Era sábado. Uno de esos que siempre tenían destinados los santiaguinos; un día de descanso especialmente reservado para el placer. El goce de algunos era más bien profano, estar en casa, durmiendo las 15 horas acumuladas de trabajo de la semana. Otros, los más animados y vehementes de la ciudad, daban cabida en su apretada agenda a cualquier evento lleno de champaña y libertad sexual. Para éste grupo de santiaguinos sí que era divertido y frívolo vivir estas reuniones freak a las que solían asistir. Pero no importaba el cansancio, ni el dolor de espalda que tenían, luego de una jornada extrema en la pega. Nada de achaques, ni menos enfermedades. Estas presencias no eran bienvenidas. Por ningún motivo y menor capacidad tenían un día de sábado liberado. Para éstos animados seres urbanos, el sábado era sagrado. Especialmente si aquéllos selectos freak, tenían una invitación a experimentar lo que llaman ellos “una noche superior”. En otras palabras si aquella noche estaba compuesta de sexo, alcohol, locura y promiscuidad absoluta entre los presentes. Ya acostumbrados a vivir sábados llenos de vibraciones, agitaciones, además de mucha euforia erótica, luego de 8 horas de deleite llegaba la culminación de sus noches absurdas. Proceso que no todos los elegantes seres urbanos estaban muy orgullosos de reconocer y asumir. Simplemente era el arrepentimiento de todo impulso provocado entre tantas copas tomadas y el escandaloso deseo que los habituaba. Avergonzados y con sus lentes oscuros bien puestos, volvían a sus casas, donde lo superficial de aquellas almas, que vivían el día a día sin clemencia, era lo principal. Regresaban a sus perfectas vidas armadas, pero con las esperanzas de eliminar rápidamente de sus mentes y de sus cuerpos las huellas dejadas que provocaron tantos impulsos.



